
Imaginen por un momento que, en lugar de Donald Trump, fuera Steve Rogers, alias Capitán América. Escudo en mano, valores firmes, y cero interés en el rating de su cuenta de X (antes Twitter). ¿Qué pasaría?
Para empezar, los discursos serían más breves y con menos mayúsculas innecesarias.
En lugar de decir “¡AMÉRICA PRIMERO!”, diría: “América justa. Y también, por favor, civilizada”. El Congreso no sabría si aplaudir o pedir una revisión constitucional por tener un Avenger como jefe de Estado.
En política exterior, las cosas serían distintas. No habría muros, pero sí puentes… y no metafóricos: literalmente puentes para ayudar a reconstruir países en conflicto. La diplomacia usaría más escudos que misiles. Irónicamente, el único que se quejaría sería Elon Musk por no poder venderle drones militares.
En vez de escándalos fiscales, Steve Rogers protagonizaría crisis por “trabajar demasiado” o por “pedir permiso para cada ataque militar”. La prensa diría: “Necesitamos un presidente más agresivo, más humano… más imperfecto, por Dios”.
Claro, habría problemas. El Capitán América vetaría leyes por inmorales, se negaría a espiar ciudadanos y probablemente desmantelaría medio aparato de defensa solo por ética. Wall Street caería 300 puntos porque “los valores no cotizan en bolsa”.
¿Y los debates presidenciales? Imposibles. ¿Quién se atrevería a insultarlo sin sentirse mal después? Ni Tucker Carlson podría con esa mandíbula de acero moral.
Eso sí, si alguien intentara un golpe de Estado, no mandaría tuits. Solo aparecería en helicóptero, con su escudo, diciendo:
—Podemos hablar… o pelear. Pero no mentir.
Y en ese instante, medio país se arreglaría solo por vergüenza.
Estados Unidos con el Capitán América presidente sería más justo, sí… pero también más aburrido para los noticieros.
Y tal vez, solo tal vez, eso no estaría nada mal.




