Por Joaquín Robles Valle, Ambientalista (y testigo involuntario)
Aquella tarde me encontraba registrando huellas en la arena cerca de las dunas del Desierto de Altar cuando escuché algo extraño: voces… ¡discutiendo!
Me asomé tras un mezquite y descubrí un círculo de sillas hechas de ramas y tunas secas. En el centro, una piedra grande servía de “mesa” de reuniones. Los asistentes… bueno, eran todos animales parlantes.
—¡Orden, por favor! —ladró Don Coyote (Canis latrans), con su pelaje café grisáceo brillando al sol—. Somos entre 4,000 y 5,000 en este municipio y tenemos problemas serios. ¡No podemos seguir así!

—Sí, por ejemplo, tú te comes mis codornices —dijo el Halcón Blanco (Elanus leucurus), con sus alas grises perfectamente alineadas—. Y luego me dices que es “control de población”.
—Oye, no me culpes de tus malas jugadas aéreas, Cometa Cola Blanca —respondió el Coyote con sorna—. Además, si no fuera por mí, los conejos estarían dando conferencias de prensa en todas las huertas.
En ese momento, la Tortuga Cahuama (Caretta caretta) levantó la cabeza desde una cubeta con agua.
—Perdón que interrumpa, pero mientras ustedes discuten sobre “conejos y codornices”, yo estoy peleando por sobrevivir. Pesamos hasta 200 kilos, ¿y saben qué? Apenas puedo poner mis huevos tranquila porque los humanos creen que la playa es su sala de fiestas.
El Castor del Río Colorado (Castor canadensis) golpeó la piedra con su cola plana.
—¿Sobrevivir? ¡Yo apenas existo! De 50,000 que éramos, quedamos 20. ¡Veinte! Y encima me acusan de “inundar” cuando hago un dique. ¡Es mi trabajo, no un acto terrorista!
El Alacrán del Desierto (Hadrurus arizonensis) agitó sus pinzas.
—Bueno, yo al menos hago algo útil: como insectos, un 90% de mi dieta. Y aún así me pisan o me matan “por si acaso”. ¡Mi picadura ni mata! Solo molesta… como las reuniones de comunidad.
Del fondo, el Zorrillo (Mephitis mephitis) bostezó.
—Miren, yo no me meto con nadie… hasta que me molestan. Entonces, sí, lanzo mi perfume. Llamémosle… “aromaterapia forzada”. Pero no, los humanos me dicen peste, y me corren del valle. Además, soy miope. Si corro hacia ti… probablemente no seas tú el que yo pensaba.
El Halcón levantó las alas dramáticamente.
—¡Esto es imposible! Aquí cada quien cree que su problema es más grande.
—¡Porque lo es! —gritó el Coyote.
—¡Mentira! —bufó el Castor.
—Ay, ya —interrumpió la Tortuga, con lentitud pero firmeza—. El verdadero enemigo es el que cree que el desierto es solo suyo.
Yo, que llevaba rato tomando notas, intervine:
—Como ambientalista, debo decir que todos tienen razón… y todos tienen la culpa. El equilibrio es delicado, y si no trabajan juntos, la geografía de San Luis perderá más que animales: perderá su alma.
Hubo un silencio.
El Zorrillo carraspeó.
—Bueno… podemos empezar por no comernos entre nosotros.
—Ni pisarnos —añadió el Alacrán.
—Ni talar mis eucaliptos —dijo el Halcón.
—Ni arrasar mis playas —dijo la Tortuga.
—Ni secar mi río —añadió el Castor.
El Coyote suspiró.
—Y yo… supongo que puedo dejar de robar sandías.
Se miraron unos a otros y, por primera vez, sonrieron.
La asamblea terminó con un acuerdo de paz… que duró exactamente tres días, hasta que el Coyote volvió a probar el guajolote del granjero.
Pero, bueno… eso es otra historia.



