Por: Rolando López Ramírez
Dicen que los milagros no existen… hasta que uno ve a Singapur. Hace unas décadas parecía condenado al caos del tercer mundo, decidió que ya era suficiente de corrupción, improvisación y discursos vacíos. Apostaron por la integridad, la disciplina y un proyecto de nación real.
Mientras tanto, en México tenemos la 4T, que dice querer lo mismo…
En Singapur, si un funcionario le saca dulces a la piñata, termina en la cárcel y con la reputación pulverizada. Aquí, si lo cachan, termina de embajador en algún país lejano, con viáticos y chofer incluido.
En Singapur, los líderes hicieron del combate a la corrupción un asunto serio, sin importar colores ni slogans. Aquí, la corrupción se combate con discursos, porque, claro, las palabras son más baratas que las auditorías.
En Singapur, la modernización fue un objetivo claro: educación, tecnología, desarrollo urbano. Aquí, la modernización consiste en inaugurar obras inconclusas con listones de colores, y en asegurar que todo “va requetebién” mientras el país se rezaga.
En Singapur, se construyó un sistema que castigaba al corrupto. En México, se construyó un sistema que aplaude al corrupto… siempre y cuando sea de casa.
La diferencia es sencilla: mientras allá se propusieron ser ejemplo de integridad, aquí seguimos entretenidos viendo cómo se inventa el próximo pretexto.
Allá construyeron el futuro. Aquí construimos frases.
Pero no hay problema, México siempre puede presumir algo que Singapur jamás tendrá: la mañanera como espectáculo de stand up político diario.



