Por: Rolando López Ramírez.
Bien, para empezar, hablemos de algo que en este país es casi ciencia ficción: la calidad de vida. Resulta que mi madre, una señora de 82 años, ha estado luchando los últimos seis años con un dolor de cabeza constante. No un simple “me duele poquito”, sino un dolor que le impide dormir, descansar y, básicamente, vivir con una buena calidad de vida.
Pero no hay problema, ¿verdad? Porque tiene IMSS y también tiene ISSSTE. Doble cobertura, doble seguridad… ¡doble abandono! Porque en vez de ofrecerle atención de calidad, lo único que supieron recetar fue el clásico cóctel nacional: naproxeno con ketorolaco. Y claro, condenarla a seguir viviendo con el dolor como si fuera parte del himno nacional.
Así que, como no somos masoquistas y aún creemos en los médicos humanos, decidimos ir con el geriatra Dr. Luis Eduardo Rivera Aguilera, quien la atendió de maravilla. Pero el dolor, como todo villano de telenovela, no se rindió tan fácil. Persistente como burócrata los viernes a las 2:59 p.m.
Entonces dije: “vamos con un neurólogo”. Pero ¡oh sorpresa! No hay neurólogo en la ciudad. Así como lo oyen. Uno puede encontrar tacos, cerrajerías y bingos, pero neurólogos, no. Entonces tomé rumbo a Mexicali y, tras recomendaciones, encontré a una especie de leyenda viviente, el Dr. Héctor Chaparro Maldonado.
Y no exagero cuando digo que este doctor es lo más cercano a una bendición con bata blanca. Una hora de consulta, trato humano, preguntas inteligentes (algo escaso hoy en día), y finalmente una receta que, por discreción y respeto, no mencionaré aquí.
¿El resultado? Por primera vez en años, mi madre durmió una noche completa. Al día siguiente, se levantó sin dolor, de buen humor, y hasta con ganas de criticar la política. Milagro completo.
Así que desde esta modesta columna quiero expresar mi gratitud:
¡BUUU! para el IMSS.
¡BUUU! para el ISSSTE.
Y un sonoro ¡URRA! para el Dr. Héctor Chaparro Maldonado, quien, por cierto, me pidió muy especialmente enviar un saludo muy florido a su antiguo alumno, el Dr. Manuel Baldenebro Arredondo.
Ya con eso queda claro que sí hay doctores buenos… solo que hay que cruzar desiertos, mares y laberintos burocráticos para encontrarlos.




